10.3.18

Libros.


   I.


 Fui testigo de la decadencia de la Librería Mundial por accidente. Cuando voy a pie a la universidad (es decir, casi todos los días) cojo por la carrera octava porque me rinde más que por la séptima, ya que esta última está plagada de ofertas culturales, gastronómicas y demás que hacen del tránsito de cualquier persona una pesadilla. Tal vez sea esa la idea cuando uno anda con alguien, ya que el ruido se transforma en algo susceptible de admiración, y eso es lo que causa el problema, tanta gente estancada observando realmente nada, dándose maña para capitalizar la compañía. Cuando uno va con alguien cualquier cosa es novedad, cuando uno va solo se quiere distraer de otras maneras, si es que prefiere hacerlo. Y es raro porque a pesar de todo la carrera octava no está tan lejos de la séptima como para que esa librería haya naufragado ahí, a solas, a pesar de tanta concurrencia de gente en busca de cualquier cosa para entretenerse.

 La carrera octava, entre la calle veinte y veintidós, es fea. Es, todavía, más fea que la carrera séptima, lo que es mucho decir. Está llena de locales en donde ofrecen ceviches y pescados, los que por lo general tienen una clientela fija que mantiene todos esos negocios funcionando, a pesar de tanta competencia. En la carrera octava hay, además, una biscochería que luce productos descoloridos y no tan provocativos como uno quisiera, y que tal vez permanecen más de dos días en exhibición. Todavía no sé qué hacen con esos bizcochos, ni sé si valen la pena. Se llama "Belalcázar", el sitio, y tiene el pedigrí este de los restaurantes viejos del centro de Bogotá: lucen una imagen clásica que termina siendo una falta de inversión en ellos mismos, una simpatía forzada por simple dejadez.


 A pesar de todo, no hay ningún cambio en toda esa cuadra. A excepción, claro, de la Librería Mundial, que ya no está. Duró unos meses en el proceso ese de dejar de existir: los libros se fueron agotando, poco a poco, no tanto por contar con docenas de clientes, sino porque fueron devueltos a las editoriales, la gran mayoría, y otros pocos más por ser prácticamente regalados en jornadas de liquidación, saldos, remates, y ese tipo de cosas que hacen los negocios cuando van mal, en su desesperación. Cuando pasaba veía el interior medio vacío de ese lugar, a dos o tres personas subiendo escaleras o moviendo cajas de un estante superior al piso. Aunque el avance no era mucho, había una diferencia entre un día y el otro, lo que hablaba del tamaño del lugar, de la resignación de quienes trabajaban ahí, y de ese pedacito de historia de la ciudad que se resistía a desaparecer. Hasta que un día ya no hubo nada. Solo las paredes desnudas. Los anaqueles desarmados. Un gran pasillo vacío, sombras de polvo y las cicatrices que dejan el mugre al cabo de muchos años. Y el silencio. Más que nada el silencio.

 La semana siguiente comenzó la adecuación del local. En otra semana más ya estaba todo maquillado y dispuesto para que fuera un almacén de esos en los que prometen cosas más baratas siempre que uno pague en efectivo. La agonía de la librería duró algunos pocos meses, y a los quince días ya no había señal alguna de su existencia. Ahora, cada que paso por la octava, veo el nuevo almacén lleno de gente, más haciendo fila que comprando. Y toda esa gente tiene la pinta que tendrían los clientes de la Librería Mundial si supieran que llevaba abierta casi unos ochenta años.



II.



 Cada que voy a Davivienda termino hablando con una de las cajeras. Las excusas han sido varias. Que un esfero. Que remedios caseros para un dolor de cabeza. La última vez Angie, la cajera, interrumpió la formalidad del asunto, aprovechando que no había más clientes en espera, para preguntarme por el libro que dejé encima del escritorio liberándome un poco las manos. Tomó atenta nota del título, del autor. Luego me comentó en tono definitivamente informal que le encantaba la ciencia ficción. Le recomendé dos libros, le dije que aprovechara porque en Panamericana, la megatienda de artículos de oficina, dulces, árboles de navidad, y cuantas más cosas puedan ofrecer, tenía por esos días una promoción un poco brutal: por cada artículo que uno comprara le regalaban un bono por diez mil pesos que servía para prácticamente cualquier libro que ella quisiera. Si compraba un libro le daban otro bono. Entonces la idea era comprar un libro para que le dieran un bono, luego con ese bono compraba otro libro para que le dieran un bono más, y con ese bono subsidiaba otro libro, así unas diez veces. No tenían que ser diez veces, pero esa fue mi recomendación. Sonrió tanto que su supervisora pasó por ahí merodeando con cara de mal genio sin entender lo que ocurría.

 Ya no recuerdo muy bien cómo lucía Angie. Tal vez se me queda en la memoria la piel morena, el cabello oscuro, los anteojos redondos y los ojos muy grandes. Me recomendó un libro de un autor ruso. O no ruso: hijo de padres rusos, algo en lo que fue muy enfática. Lo he buscado, y nada que lo encuentro. Lo que más recuerdo de Angie es que me recomendó algo que es difícil de conseguir, lo que quiere decir (o me quiero imaginar porque por lo general pasan esas cosas: uno completa los rasgos personales de alguien por cosas que hace, así no sea cierto, tratando de imaginar a alguien como no es, y esta situación es muy común, por ahí comienzan el encaprichamiento y un montón de cosas que por lo general derivan en problemas, malos entendidos, corazones rotos y dolores de cabeza) que se trata de una lectora curiosa. Ese día, cuando llegó otra cliente, fui yo el que cortó la conversación, le agradecí mucho, y sonreí cuando ella me llenó de buenos deseos con un tono que parecía proceder directamente desde ella misma, y no solamente como algo que surgía del otro lado del escritorio: una formalidad corporativa o el resultado de una buena educación.

 He recorrido varios lugares buscando la recomendación de Angie. Y, con todo eso, no he logrado encontrar el libro del autor de padres rusos. Cada que entro a una librería y pregunto justamente por ese libro en específico, siento que es como si llevara de alguna manera a Angie. Puedo estar exagerando. Pero esa sensación la tengo presente en mi casa, cuando veo los libros que me han regalado. Tal vez el problema sea mío al considerar en estos gestos un valor emocional que no existe. Aunque de eso se trata. Y es por eso que uno de los libros que más cuido es Las Correcciones. Una vez Tim se quedó dormido apoyando la cabeza en él y le tomé una foto. Recuerdo cuando Carolina me lo ofreció como algo que no parecía ser nada más que un simple gesto. Recuerdo la cantidad de libros que tenía a su disposición en el segundo piso de su casa, ese televisor viejo donde jugaba a ratos Red Dead Redemption, la manera en que ocultaba esas imperfecciones de sus mejillas con el cabello ensortijado que se sentía como espuma y sabía a dulce, recuerdo la verruga en el dorso de su mano, encima del flexor corto del pulgar, aunque ya no sé si era en la mano derecha o la izquierda. Tal vez por eso estamos como estamos, porque le damos mucha importancia a algo que no debería. O porque le seguimos dando importancia a algo que sucedió ya hace mucho tiempo. O porque a veces uno no busca los libros, sino que lo encuentran a uno.




III.



 Martín me envía un mensaje de voz. Da las gracias por el regalo. Por el tono, suena feliz, a pesar de la advertencia que le hice: si no lee el libro que le envié, me lo tiene que pagar. No conozco a Martín, pero trabajo con su mamá. El libro es para una tarea. Martín suena un poco a Juan David, uno de mis sobrinos, porque ahora tengo varios sobrinos, pero este se diferencia porque lee mucho. Juan Manuel, el sobrino nuevo, por ahora, tiene una noción muy básica de la lectura: toma un libro, lo ojea pasando la mirada sin detenerse particularmente en nada, examina bien las palabras, las letras que aun no es capaz de descifrar, y luego lo cierra de un golpazo gritando "gané". Juan Manuel y Juan David hablan con esa emoción rara muy parecida a la que tiene Martín en su mensaje de voz, lo que culpo a tener un libro en sus manos. Se lo regalé por dos razones: no tengo a quién regalarle libros, y quería regalar uno. Algunos de los que ya leí están en las bibliotecas de otras personas en esta ciudad: tengo una colección que tal vez no vaya a volver a ver jamás.

 Preferí conseguir la versión original. No me fijo tanto en los libros que ofrecen en la calle 16, donde compré dos de segunda que nunca voy a leer. Ni piratas ni de segunda. No se siente bien. Cuando veo los libros que ponen en el piso o en las mallas metálicas que se apoyan en las paredes pienso en aquellos escritores, desconocidos a pesar de su propia fama, pasando por ahí, testigos de cómo ofrecen sus libros de manera ilegal, por llamarlo de alguna manera. Considero, también, que el agravante no sea tanto el ofrecerlos sin obtener ninguna remuneración, sino que nadie los compre. Que esta explicación a medias sirva para decir que uno se va llenando de mañas muy complicadas de justificar.

 El mensaje de Martín me alegró el día, a pesar de que nada malo había pasado, y de que ya era tarde en la noche. Por lo que supe, fue el tercer o cuarto intento de mensaje que intentó enviar, pero la pena, o la alegría, o una extraña mezcla de ambas cosas, no se lo permitía. Lo único que le respondí fue "mire a ver, hermano". No sé si ya lo terminó. Supongo que sí. Espero que sí.



IV.



 Aquí, en el centro de Bogotá, hay varias librerías, pero por lo general recurro a la Lerner, la del Centro Cultural García Márquez, a Panamericana, o a la que queda en la calle dieciocho. Tal vez por eso me siento un poco culpable al saber que La Meresunda, que se ofrecía como un café literario, ahora solamente es un restaurante. Muchas veces entro solamente a mirar, en un ataque de esos de coleccionista. En japonés hay una palabra que define a esos acaparadores que tienen más libros de los que puedan llegar a leer en su vida. Todavía no he llegado a ese nivel, pero cada que me pierdo en una librería salgo pensando en que es algo que estoy cultivando de a poquitos. Otra de las razones para ir a gastar tanto tiempo mirando, antojándome, es para que no tengan que cerrar: aquí, en el centro de Bogotá, hay varias librerías, pero antes había más.


 La última vez que entré a la Librería Lerner fue cuando anunciaron el ganador del premio Nobel. En la fila, delante de mí, había dos viejitos. Uno de ellos llevaba un gabán negro y largo, el otro una boina de esas que usan los viejitos: gris, desinflada, un poco plana. Y luego estaba yo, sin chaqueta, con tres libros en la mano. El primero tenía siete, el segundo, dos. El primero llevaba todo lo que pudo encontrar de Ishiguro. "Antes había más", explicó, más para él que para mí, porque los viejitos son así, hablan para ningún público en particular, exponiendo sus ideas en voz alta, así vengan con quejas, así sean oportunas o no. "Lo anunciaron esta mañana y ya se agotaron, además de que están más caros", insistió en la conversación que yo no quería sostener. "El efecto Nobel", le dije, finalmente, más asombrado por la ocurrencia que por mi propia participación en el asunto. El viejito sonrió. Pagó con tres billetes de cien mil pesos, todo acompañado de un "toca gastarlos antes de que Santos los acabe". Me reí de ese comentario con esa risa trabada y potente que caracteriza a la gente de esa edad. El segundo viejito le tuvo que explicar a la cajera la magnitud del comentario: el del billete es el abuelo del nuevo enemigo del presidente. Miré al piso, tosí, tapando la sonrisa, mientras los tres nos mirábamos, cómplices de algo que nadie más entendía. Creo que yo era el tercero en una fila de viejitos.

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